Si yo tuviera un bebé en estos momentos, aparte de que estropearía el curso de mi vida por muy feliz que me hiciera, me dejaría atada y sin las experiencias propias de la edad. La cosa es que yo me imagino un churumbel diminuto y precioso, con sus ojos a medio abrir y su llanto ruidoso pero necesario y me muero de amor. Tanto es así, que me he prohibido terminantemente visitar los espacios dedicados a los recién llegados en las tiendas de ropa. Porque dejar que vuele la imaginación siempre te hace querer ir a más. Pasa con todas las fantasías, según me han dicho. Ja, ja.
Creo que me veo frustrada por el precioso momento en el que me encuentro. Tan idílico, tan delicado a la vez. Tan tentador y apetecible. Si tuviera que escoger una imagen significativa sería una mirada llena de ilusión y amor y lo enmarcaría en un fantástico marco dorado inspiración siglo XVIII. Mi lado más yo, sale a relucir cada vez que pienso en el amor que recorre mi cuerpo y lo sambea. Es lo mejor.
Mis sentimientos se magnifican al pensar en que es verano y que tengo mucho tiempo libre sólo para disfrutar de esto.



