viernes, 22 de junio de 2012

a flor de piel.

Con las lágrimas todavía en mis ojos, me dispongo a confesar que tengo el instinto maternal a flor de piel. Por lo que sea. Yo sólo sé que me acabo de ver dos capítulos de Baby Boom, el programa de partos de La Sexta, seguidos y que mi cara era un océano de lágrimas. Ver cómo una nueva vida llegaba al mundo mezclado con mi repentina liberación masiva de hormonas maternales me ha emocionado por mil. Soy sensible, quizás. Soy la reina del drama, también. Pero, vamos a ver, ¿el reloj biológico no se supone que debería esperar un poco más? No tengo descanso. Necesito un break, necesito un Kit Kat. Basta de pensar en maternidad pero... 

Si yo tuviera un bebé en estos momentos, aparte de que estropearía el curso de mi vida por muy feliz que me hiciera, me dejaría atada y sin las experiencias propias de la edad. La cosa es que yo me imagino un churumbel diminuto y precioso, con sus ojos a medio abrir y su llanto ruidoso pero necesario y me muero de amor. Tanto es así, que me he prohibido terminantemente visitar los espacios dedicados a los recién llegados en las tiendas de ropa. Porque dejar que vuele la imaginación siempre te hace querer ir a más. Pasa con todas las fantasías, según me han dicho. Ja, ja. 

Creo que me veo frustrada por el precioso momento en el que me encuentro. Tan idílico, tan delicado a la vez. Tan tentador y apetecible. Si tuviera que escoger una imagen significativa sería una mirada llena de ilusión y amor y lo enmarcaría en un fantástico marco dorado inspiración siglo XVIII. Mi lado más yo, sale a relucir cada vez que pienso en el amor que recorre mi cuerpo y lo sambea. Es lo mejor. 

Mis sentimientos se magnifican al pensar en que es verano y que tengo mucho tiempo libre sólo para disfrutar de esto. 

miércoles, 20 de junio de 2012

Besos, ternura, qué derroche de amor,cuánta locura

Voy a imaginar que guardo un frasquito lleno de una fragancia dulce que se ha ido creando con el paso del tiempo después de tanto beso confundido con tanta caricia. Bien, pues da tanto miedo que el pequeño frasco se rompa, que intento que cada dosis quede bien administrada.


Cuando pasa el tiempo y te encariñas con ciertas personas, los problemas y las inseguridades crecen al igual que el afecto y la confianza. Es entonces cuando cualquier detalle es tomado como una piedra preciosa o una gran decepción.


Cuando consigo un rato con el olor afrutado y dulce del botecito, lo aprovecho como si fuera el último día de mi mundo porque quién sabe, esto es dos mil doce y en diciembre puede que todos hayamos muerto en una invasión zombie. Sería fantástico, sinceramente, encontrarte con Walt Disney, Michael Jackson, James Dean, Frida Khalo, Lady Gaga... Ups, perdón, ésta última aun no está en sus últimas pero casi. ¿O es que acaso os acordabais de ella? Bueno, el caso es que estaría gracioso estar huyendo de una masa de zombies anónimos y que te apareciera algún célebre personaje. Quizá no en su mejor momento pero a caballo regalado, no se le mira el diente. (Apunta, Madre Naturaleza, la invasión zombie estaría divertida)


Me voy por las ramas porque a lo que iba era un detalle que yo utilizaré como ingrediente secreto de la pócima aromática: estaba yo, disfrutando de mi momento con el príncipe creador del perfume (el que lo ha inspirado), cuando empezó a sonar esa estúpida canción pegadiza de una tal Carly no sé qué titulada 'Call Me Maybe'. La canción habla de una chica que decide darle su teléfono al chico que le gusta de una fiesta y canturrea sobre su atrevimiento. Simultáneamente, traducía lo que decía la letra a nuestro idioma patrio y de repente, traduje la parte en el que la canción dice: '...And all the other boys try to chase me/ But here’s my number so call me, maybe...'. Es decir, 'todos los demás chicos intentan perseguirme pero aquí está mi número así que llámame quizá. Mi móvil se puso a sonar en ese instante y mi corazón se puso a latir como si escuchara la canción pop en estéreo y por alguna arteria. Era él. El chico de mi fiesta, el chico al que yo dí el teléfono. Y estaba allí, tumbado en mi cama, con su cara de ángel conocedor del efecto que ese detalle causaría en mí.


Y aquí estoy, como una loca escribiendo las intimidades de mi vida, la receta para conseguir mi adorada colonia. Pero siempre será única: un poco de mí, un poco de él, un poco de los dos y mucha cantidad de nubes.